Espiritualidad Oblata

Horizontes Espirituales

La actitud básica de Eugenio de Mazenod frente a la humanidad, se caracteriza sobre todo por su enfoque de confianza y fe. Dos convicciones muy sólidas explican esta actitud. Primero: todo lo que ocurre en la tierra, tanto en el ámbito personal como civil y social, depende de la Divina Providencia. Segundo: Dios quiere salvar a todos, y todos, tanto ricos como pobres, han sido redimidos con la sangre de Cristo. Sus cartas pastorales enfatizan los siguientes puntos:

  • El progreso hacia la santidad exige una constante conversión.
  • Todos son invitados a la salvación y la santidad. En nuestro ministerio con ellos, “Hay que intentarlo todo para dilatar el reino de Cristo y para llevar a los hombres a sentimientos humanos, luego cristianos, y ayudarles finalmente a hacerse santos.”
  • Para continuar avanzando en el camino hacia la santidad, los cristianos deben comprenderse a sí mismos, con la óptica de la fe. No importa cuán pobres o marginados sean, a los ojos de fe, todos son “hijos de Dios”, los “hermanos y hermanas de Jesucristo” y “coherederos de Su reino eterno”.
  • La santidad consiste en la conversión del corazón, la fidelidad a la ley de Dios y las inspiraciones de su gracia. Finalmente pensando en el conocimiento y amor de Jesucristo, él dice, “Amar a Cristo, es amar a la Iglesia.”
Constituciones Oblatas

La síntesis principal de la vida espiritual que ha escrito san Eugenio se encuentra claramente en las Reglas y Constituciones Oblatas. A partir de su experiencia personal, estas reflejan su toma de conciencia de las necesidades religiosas de su época. Cuando Eugenio escribió las Constituciones Oblatas, él pidió “prestado” copiosamente elementos de los Sulpicianos, de los Jesuitas y de otros mentores como Carlos Borromeo, Vicente de Paul y Alfonso de Liguori para quienes sentía una gran admiración.

Las Constituciones reflejan su personalidad única y su estrecha identificación con el Evangelio. “El espíritu de total abnegación por la gloria de Dios, el servicio a la Iglesia y la salvación de las almas es el espíritu proprio de nuestra Congregación” él escribió en 1817. Más adelante en 1830, él declaró que los Oblatos deben parecer “como los sirvientes del padre de familia encargados de socorrer, ayudar y atraer de nuevo a sus hijos mediante el trabajo más constante, en medio de tribulaciones, persecuciones de toda clase, sin esperar más recompensa que la que el Señor prometió a los servidores fieles que cumplen dignamente con su misión.”